Por un proyecto de acuerdo
Por Juan Guillermo Palacio, Periodista taurino Múnera Eastman Radio
Durante la pasada temporada hice pública una columna de opinión en defensa de mi fiesta, la cual viene siendo atacada con injurias, calumnias y artimañas políticas. Algunos de esos frágiles argumentos los volví a escuchar y a ver en una sesión del Concejo de Medellín, unas semanas después: Imágenes que trataban de conmover a los ediles y a los parcializados asistentes, representaban una mirada acomodada de la realidad. Algunas de ellas, por ejemplo, fueron extractadas de espectáculos populares españoles que no se realizan en Colombia, como el toro ensogado y el de fuego. Otras, reunidas premeditadamente y sin desfachatez, presentaban una visión parcializada de la fiesta, como si el fútbol, por ejemplo, fuese sólo patadas y actos de bandalismo en las tribunas. Siguen ignorando que mi fiesta es un hecho cultural, surgido en las costumbres de los campesinos de los pueblos íberos, quienes, en un acto lúdico, atraídos por la fuerza, la condición reproductiva y el peligro del toro, se interponían en su camino hacia el matadero para burlar sus embestidas. No niego que la fiesta brava tiene algo de cruel, pero ellos tampoco pueden ignorar que la belleza de un rito que se convierte en un lento y acompasado baile, es superior. Lo ignoran y lo quieren seguir haciendo.
La discusión a todas luces es estéril, toda una bofetada para una ciudad donde las altas tazas de mortalidad, inseguridad, desplazamiento, desnutrición infantil y pobreza asfixian la vida de la mayoría de sus habitantes. Es un acto irresponsable discutir estas banalidades con tantos asuntos que deberían tener prioridad en la agenda de nuestros representantes.
El citado concejal actúa con una absoluta miopía social. Su principal propuesta durante la campaña electoral planteaba recoger todos los perros callejeros de la ciudad y su sostenimiento con dineros públicos. ¿Qué diría un niño, de tantos que duermen en las aceras, si se entera que su ciudad prefirió mejorar la calidad de vida de unos perros? ¿O las madres de las víctimas del conflicto y los desplazados, al saber que sus problemas son desatendidos por discutir un asunto superficial como la prohibición o no de una fiesta? Pero, claro, en las tribunas permanecían decenas de jubilados, algunos jóvenes con pintas anarquistas y señoras para quienes sus mascotas son su razón de ser. Representarlos da votos, y mientras esta discusión se mantenga, el concejal tiene asegurada su curul. Como si una de sus causas, plausible por demás, no haya sido luchar contra la exclusión en la que la ciudad y la modernidad han sumido a los discapacitados. Querer incluir a unos y tratar de excluir a otros, en este caso a nosotros los taurinos, es toda una contradicción. Por fortuna, la Constitución Nacional reconoce la diversidad cultural, la libertad de expresión y a nuestra fiesta. Ella terminó por echar al traste los intereses del cabildante… Por ahora.
Aunque confieso que no sé qué es más desalentador, si la contradictoria posición del edil, quien está ejerciendo su derecho democrático a la expresión, la misma que nos quiere negar, o la ausencia en el debate de quienes dicen amar y defender nuestra fiesta. Sólo estábamos dos periodistas, un torero, un buen aficionado y el representante de la asociación conformada recientemente para defenderla. Nadie más. Y muchos menos.
domingo, 25 de mayo de 2008
martes, 6 de mayo de 2008
Editorial 28 de abril Javier Restrepo
El toro como enemigo de la Fiesta
Por Javier Restrepo Ramírez, Editor Taurino periódico El Mundo
No es ninguna novedad afirmar que la fiesta de los toros no existiría si no existiese el toro bravo. De hecho, uno de los principales argumentos de los defensores de la Fiesta Brava es, precisamente, que gracias a las corridas existe esta especie, considerada por muchos una variedad zoológica arcaica. El toro ha sido históricamente considerado como símbolo de fortaleza, fiereza y acometividad. No en vano, este animal fue por siglos utilizado en holocaustos religiosos.
Pero hay una gran diferencia entre ese toro fiero del que hablan las leyendas y el toro que sale en nuestros días a las plazas, por lo menos a este lado del océano Atlántico. De ninguno de los animales que se lidian en las plazas colombianas puede decirse que sean símbolo de fortaleza, fiereza y acometividad, ni por su aspecto, el trapío, ni por su comportamiento en los diferentes tercios. Creo que no es exagerado decir que el espectáculo de los toros está seriamente amenazado por sí mismo y no solo por las manifestaciones de los ecologistas, los defensores de los animales y los legisladores de turno.
El toro bravo, como elemento primordial de las corridas, está pasando a un segundo plano. La gente hoy día está más atenta a los toreros, a las figuras taquilleras que frecuentan con la misma constancia las plazas y los programas del corazón en España. Hoy la afición no busca el encaste ni la ganadería para seleccionar la corrida en la que va a invertir su dinero, sino que mira los nombres en el cartel, quizá sin darse cuenta que los honorarios que cobra el torero son inversamente proporcionales al peso y al trapío de los astados a lidiarse esa tarde en la plaza. Y que en la mayoría de las veces estos aspectos de forma están íntimamente ligados al comportamiento del ejemplar en la arena, que es el que finalmente condiciona el desarrollo de un festejo.
Es así como el toro, el fiero, el altivo, es cada vez más escaso por la sencilla razón de que las figuras les sacan el cuerpo. Entonces el espectáculo de los toros queda reducido a una deprimente demostración de valor y de poder por parte de las llamadas figuras, delante de novillos sin fuerzas, sin raza, sin casta, sin codicia. Ejemplares que no inspiran respeto alguno y que a punta de caerse por la falta de fuerzas, terminan siendo verdaderos inválidos indignos de ser llamados toros de casta.
La razón de que este fenómeno, al menos en nuestro país, haya hecho carrera, es la escasa formación de los públicos o la conformidad de los mismos. La falta de conocimiento, por un lado, de las condiciones que debe mostrar un toro de lidia, de su forma de salir al ruedo, de su fijeza, de su arrancada y su pelea en la suerte de varas, de su codicia en la capa o la muleta, hacen que el público no sea los suficientemente exigente con las empresas que organizan los festejos. Al grueso del público solo le interesa que la res vaya y venga, de modo que el torero de turno pueda o no lucirse con las telas.
Tampoco hay un público crítico que les exija de igual manera a los toreros. En nuestra feria de La Macarena hemos tenido la fortuna de ver ganaderías que son la excepción a lo que estamos comentando. Pero a quienes les ha correspondido lidiarlos, no han tenido ni el conocimiento, o quizá el oficio, para plantarles cara como debe ser. Para buscarles el sitio adecuado, para citarlos, templarlos y mandarlos como lo ordenan los cánones.
En mi caso personal, le tengo más temor a ese desconocimiento de la fiesta, a esa permisividad del público para con las figuras que vienen a cobrar mucho y a torear poco, que a los propios antitaurinos. La Plataforma Taurina de Colombia, que en buena hora promueve la Asociación Pro Defensa de la Fiesta Brava, tiene aquí una importante labor para realizar. De no hacer nada, el desconocimiento de la esencia de la fiesta terminará erradicando de manera definitiva los toros de verdad de los ruedos y reemplazándolos por dóciles becerros, lo cual sería insostenible para este espectáculo. Ojalá las corridas volvieran a ser de toros, como en el pasado, para que los aficionados recuperen el gusto de apreciar el enfrentamiento entre la fiera y el hombre y para que los toreros recuperen el honor de valientes que tenían en el pasado.
Pero hay una gran diferencia entre ese toro fiero del que hablan las leyendas y el toro que sale en nuestros días a las plazas, por lo menos a este lado del océano Atlántico. De ninguno de los animales que se lidian en las plazas colombianas puede decirse que sean símbolo de fortaleza, fiereza y acometividad, ni por su aspecto, el trapío, ni por su comportamiento en los diferentes tercios. Creo que no es exagerado decir que el espectáculo de los toros está seriamente amenazado por sí mismo y no solo por las manifestaciones de los ecologistas, los defensores de los animales y los legisladores de turno.
El toro bravo, como elemento primordial de las corridas, está pasando a un segundo plano. La gente hoy día está más atenta a los toreros, a las figuras taquilleras que frecuentan con la misma constancia las plazas y los programas del corazón en España. Hoy la afición no busca el encaste ni la ganadería para seleccionar la corrida en la que va a invertir su dinero, sino que mira los nombres en el cartel, quizá sin darse cuenta que los honorarios que cobra el torero son inversamente proporcionales al peso y al trapío de los astados a lidiarse esa tarde en la plaza. Y que en la mayoría de las veces estos aspectos de forma están íntimamente ligados al comportamiento del ejemplar en la arena, que es el que finalmente condiciona el desarrollo de un festejo.
Es así como el toro, el fiero, el altivo, es cada vez más escaso por la sencilla razón de que las figuras les sacan el cuerpo. Entonces el espectáculo de los toros queda reducido a una deprimente demostración de valor y de poder por parte de las llamadas figuras, delante de novillos sin fuerzas, sin raza, sin casta, sin codicia. Ejemplares que no inspiran respeto alguno y que a punta de caerse por la falta de fuerzas, terminan siendo verdaderos inválidos indignos de ser llamados toros de casta.
La razón de que este fenómeno, al menos en nuestro país, haya hecho carrera, es la escasa formación de los públicos o la conformidad de los mismos. La falta de conocimiento, por un lado, de las condiciones que debe mostrar un toro de lidia, de su forma de salir al ruedo, de su fijeza, de su arrancada y su pelea en la suerte de varas, de su codicia en la capa o la muleta, hacen que el público no sea los suficientemente exigente con las empresas que organizan los festejos. Al grueso del público solo le interesa que la res vaya y venga, de modo que el torero de turno pueda o no lucirse con las telas.
Tampoco hay un público crítico que les exija de igual manera a los toreros. En nuestra feria de La Macarena hemos tenido la fortuna de ver ganaderías que son la excepción a lo que estamos comentando. Pero a quienes les ha correspondido lidiarlos, no han tenido ni el conocimiento, o quizá el oficio, para plantarles cara como debe ser. Para buscarles el sitio adecuado, para citarlos, templarlos y mandarlos como lo ordenan los cánones.
En mi caso personal, le tengo más temor a ese desconocimiento de la fiesta, a esa permisividad del público para con las figuras que vienen a cobrar mucho y a torear poco, que a los propios antitaurinos. La Plataforma Taurina de Colombia, que en buena hora promueve la Asociación Pro Defensa de la Fiesta Brava, tiene aquí una importante labor para realizar. De no hacer nada, el desconocimiento de la esencia de la fiesta terminará erradicando de manera definitiva los toros de verdad de los ruedos y reemplazándolos por dóciles becerros, lo cual sería insostenible para este espectáculo. Ojalá las corridas volvieran a ser de toros, como en el pasado, para que los aficionados recuperen el gusto de apreciar el enfrentamiento entre la fiera y el hombre y para que los toreros recuperen el honor de valientes que tenían en el pasado.
domingo, 4 de mayo de 2008
Carta de Enrique Calvo El Cali para César Rincón
Estimado Matador CESAR RINCON
Te he enviado en días pasados, un artículo que me surgió a través de la preocupación por sostener nuestra Fiesta de los Toros, aquella que nos dio la vida, la familia y los amigos. De siempre eres testigo fiel de mis inquietudes por el mejoramiento de nuestra Fiesta a la Colombiana, extrayendo lo mejor que podamos adoptar de España; por nuestras cortas charlas últimamente, entiendo que a ti también te preocupa y de ser así, creo que estas en el camino indicado. Estas en Colombia incluido entre los personajes mas importantes de nuestra historia, al igual que nuestro Premio Nóbel García Márquez , un Elkin Patarroyo y sus frascos benditos, un pintor de la talla de Fernando Botero, la música de Juanes y Shakira, y por que no Juan Pablo Montoya. Si de todos ellos hacemos un recorrido de sus vidas, aparte de su profesión, se han preocupado por dejar un legado a sus congéneres. para mejorar en algo las dificultades de un pueblo del que cada uno de ustedes es testigo de sus necesidades y cada uno en la medida de sus posibilidades, ha desarrollado una actividad para mejorar algún aspecto en concreto. El legado de Botero, en los museos de Bogota y Medellín, las vacunas de Patarroyo a la humanidad y últimamente todos somos testigo de las manifestaciones de preocupación de Juanes y Shakira, el primero con sus expresiones de su canto en escenarios llenos de mensajes y lo mismo de la segunda con su Fundación Pies Descalzos desde donde favorece a miles de niños mediante colegios y otros donaciones para ayudar a los mas necesitados. Se me ocurre con todo el respeto que me mereces, pero con toda la autoridad y amistad de tiempos difíciles, que tu no puedes pasar por esta tierra sin dejar de hacer nada distinto que salir por la puerta grande de las ferias mas importantes del mundo. Creo que ha llegado tu momento de trabajar liderando un movimiento que aglutine a todos los Estamentos Taurinos del país, para buscar el apoyo gubernamental, gracias al asidero constitucional del que gozamos y que nos da plenos derechos.
Afectísimo,
Enrique Calvo
Editorial 14 de abril Carlos Alberto Ospina Macías
SUTILES RECRIMINACIONES
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista
Especialista en Producción Radiofónica
Lunes 14 de abril de 2008
Enrique Calvo, “El Cali”, no se puso de rodillas a porta gallola para cuestionar la posición cómoda, apatía e indiferente de César Rincón sobre la frase común del “futuro de la Fiesta”. ¿Acaso, le importa al recién retirado matador de toros? ¡Sinceramente no creo!, porque el diestro bogotano ha desarrollado una inteligencia superior a la demostrada frente a los toros, para tomar por los cuernos el arte de las relaciones públicas a todo nivel. No obstante, “lo que natura no da, Salamanca no lo presta”. Sea pulido un poco ¡y no más!.
De ser un insípido ciudadano del común con un oficio que no requiere formación académica y asentado en las laderas del capitalino barrio de La Candelaria, pasó Rincón a tratar de pulir sus pauperizadas conductas sociales que debieron provocar más de una mofa a hurtadillas en los círculos selectos de la Realeza Europea y los potentados Latinoamericanos. ¡No le fue fácil! pasar del chancho y del huevo frito al caviar, el filet mignon y una docena de cubiertos más complicados de descifrar que la fiereza del toro “Bastonito”.
Por esto, le digo a Enrique Calvo que se olvide de las sutilezas con Rincón, porque a este César le falta la grandeza de las cruzadas, que no obstante, lo cuestionables, fueron arriesgadas, pero dilectas con el futuro.
Con el éxito a César Rincón se le olvidó la humildad, fue tacaño con la camaradería, vanidoso, superfluo e inmodesto. Sufrió la imbécil amnesia del poder, esa que lo llevó a cerrar la puerta de su ganadería en España a aquellos que por infortunio replicaron el hambre y el abandono en el país ibérico.
A diferencia de los conceptos modernos de trade marketing y manejo de imagen, el aislado matador siempre ha contado con efímeros áulicos en varios medios de comunicación y dos señoras, a manera de amadas de llaves, que atan los cabos sueltos que deja la soberbia de Rincón, quien ratifica su falta de sentido de pertinencia con las burlas al periodismo colombiano, en cabeza del suplantador y también afectado Luis Carlos Rincón.
¡Que fastidio el dejo de Shakira, pero que ridícula la Z de Rincón!, quien está más cerca de las sandeces de Juan Pablo Montoya que de la autenticidad, el desprendimiento y la berraquera de Juanés. Y los menciono, porque aparecen citados en la lacónica carta de “El Cali”. Para mí el asunto tiene un fondo diferente a manera de sentencia bíblica: “Sé humilde cuando subas, para que sean benevolentes contigo cuando caigas”.
Por esto, el retiro de César Rincón tuvo el efecto efímero e inmediato de su larga despedida circense. ¡Última función! en cada Plaza, lágrimas, vueltas al ruedo, placas conmemorativas, encierros terciados, algunas orejas regaladas y “¡na´ más!”
Se fue uno de los toreros más importante en la reciente historia de la tauromaquia sin la huella digital que dejan los hombres compasivos, sensatos, comprometidos y capitanes de la causa.
Este liderazgo es el que reclama soslayadamente Enrique Calvo a César Rincón, quien en vigencia no utilizó los hilos del poder mediático para impulsar actividades o proyectos en pro de la fiesta brava. Fue un lerdo observador y pasivo motivador frente a los avatares legislativos del orden municipal y nacional.
Es insensato “Pedirle peras al olmo” cuando no hay convicción e interés, porque ¡sí no es para mí, no es para nadie! Los ideales de Rincón están orientados hacia el manejo tras bambalinas con el fin de imponer ganaderías, quitar o colocar a personas de sus afectos –palatinos regalados-, en fin, incrementar las utilidades y engrosar su ego.
El altruismo que reclama Enrique Calvo, “El Cali”, en su misiva a Rincón de “no puedes pasar por esta tierra sin dejar de hacer nada distinto que salir por la puerta grande”, sólo tendrá eco cuando el polvo del olvido cotidiano genere en el interior de César la nostalgia de la vigencia y el anhelo de ser recordado por lo Grande que fue como Hombre…y no simplemente, la flor de un día soportada por la débil rama de la vanidad y la fama.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista
Especialista en Producción Radiofónica
Lunes 14 de abril de 2008
Enrique Calvo, “El Cali”, no se puso de rodillas a porta gallola para cuestionar la posición cómoda, apatía e indiferente de César Rincón sobre la frase común del “futuro de la Fiesta”. ¿Acaso, le importa al recién retirado matador de toros? ¡Sinceramente no creo!, porque el diestro bogotano ha desarrollado una inteligencia superior a la demostrada frente a los toros, para tomar por los cuernos el arte de las relaciones públicas a todo nivel. No obstante, “lo que natura no da, Salamanca no lo presta”. Sea pulido un poco ¡y no más!.
De ser un insípido ciudadano del común con un oficio que no requiere formación académica y asentado en las laderas del capitalino barrio de La Candelaria, pasó Rincón a tratar de pulir sus pauperizadas conductas sociales que debieron provocar más de una mofa a hurtadillas en los círculos selectos de la Realeza Europea y los potentados Latinoamericanos. ¡No le fue fácil! pasar del chancho y del huevo frito al caviar, el filet mignon y una docena de cubiertos más complicados de descifrar que la fiereza del toro “Bastonito”.
Por esto, le digo a Enrique Calvo que se olvide de las sutilezas con Rincón, porque a este César le falta la grandeza de las cruzadas, que no obstante, lo cuestionables, fueron arriesgadas, pero dilectas con el futuro.
Con el éxito a César Rincón se le olvidó la humildad, fue tacaño con la camaradería, vanidoso, superfluo e inmodesto. Sufrió la imbécil amnesia del poder, esa que lo llevó a cerrar la puerta de su ganadería en España a aquellos que por infortunio replicaron el hambre y el abandono en el país ibérico.
A diferencia de los conceptos modernos de trade marketing y manejo de imagen, el aislado matador siempre ha contado con efímeros áulicos en varios medios de comunicación y dos señoras, a manera de amadas de llaves, que atan los cabos sueltos que deja la soberbia de Rincón, quien ratifica su falta de sentido de pertinencia con las burlas al periodismo colombiano, en cabeza del suplantador y también afectado Luis Carlos Rincón.
¡Que fastidio el dejo de Shakira, pero que ridícula la Z de Rincón!, quien está más cerca de las sandeces de Juan Pablo Montoya que de la autenticidad, el desprendimiento y la berraquera de Juanés. Y los menciono, porque aparecen citados en la lacónica carta de “El Cali”. Para mí el asunto tiene un fondo diferente a manera de sentencia bíblica: “Sé humilde cuando subas, para que sean benevolentes contigo cuando caigas”.
Por esto, el retiro de César Rincón tuvo el efecto efímero e inmediato de su larga despedida circense. ¡Última función! en cada Plaza, lágrimas, vueltas al ruedo, placas conmemorativas, encierros terciados, algunas orejas regaladas y “¡na´ más!”
Se fue uno de los toreros más importante en la reciente historia de la tauromaquia sin la huella digital que dejan los hombres compasivos, sensatos, comprometidos y capitanes de la causa.
Este liderazgo es el que reclama soslayadamente Enrique Calvo a César Rincón, quien en vigencia no utilizó los hilos del poder mediático para impulsar actividades o proyectos en pro de la fiesta brava. Fue un lerdo observador y pasivo motivador frente a los avatares legislativos del orden municipal y nacional.
Es insensato “Pedirle peras al olmo” cuando no hay convicción e interés, porque ¡sí no es para mí, no es para nadie! Los ideales de Rincón están orientados hacia el manejo tras bambalinas con el fin de imponer ganaderías, quitar o colocar a personas de sus afectos –palatinos regalados-, en fin, incrementar las utilidades y engrosar su ego.
El altruismo que reclama Enrique Calvo, “El Cali”, en su misiva a Rincón de “no puedes pasar por esta tierra sin dejar de hacer nada distinto que salir por la puerta grande”, sólo tendrá eco cuando el polvo del olvido cotidiano genere en el interior de César la nostalgia de la vigencia y el anhelo de ser recordado por lo Grande que fue como Hombre…y no simplemente, la flor de un día soportada por la débil rama de la vanidad y la fama.
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