Por: Andrea López
Que “se torea como se es” dijo Belmonte hace muchos años.
Cuando uno ve a Morante de la Puebla no queda más que darle la razón. Nadie más que Morante con su particular personalidad puede torear como lo hace. “El toreo es una prolongación de tu cuerpo y de tu mente”, me dijo en una entrevista hace tres años y sólo quien describe de esta manera su profesión puede plasmar en el ruedo la pureza que alcanza Morante.
Otros como Enrique Ponce ratifican que Belmonte tenía razón. Ponce es un lord dentro y fuera del ruedo. El día del último Festival en Manizales cuando llegó a la puerta del patio de caballos, una niña lo llamó desde la barrera y le dijo que le entregara la oreja si la ganaba. Efectivamente, al llegar a ese punto, el gentil Ponce entregó la oreja a su seguidora. Siempre es amable y es de los pocos a los que no se les conocen “historias alternas” cuando vienen a hacer la América. Ponce torea como es. Imagino su closet muy ordenado, con sus camisas perfectamente alineadas y no me quiero imaginar como es en otras lides porque supongo que tanta perfección debe ser aburrida.
Entonces viene la gran incógnita. César, nuestro César, ¿torea como es?
Sólo puedo hablar de lo que conozco, que no es mucho. Cuatro entrevistas y cruce de saludos en nuestros encuentros en tientas y patios de caballos. El César que yo conozco es un hombre tímido, al que hay que saber llevar para que se relaje y hable con fluidez. Una vez me dijo que no sabía como comportarse con una mujer. Que cuando alguien le gustaba era muy difícil para él acercarse, encontrar las palabras adecuadas para entablar una conversación y hacer una invitación para una comida era realmente un embrollo. Ese hombre que toreó a Bastonito, el toro que quería tragárselo vivo, se amedrenta ante ciertas presencias femeninas. Hay, Belmonte, Belmonte, con este te va fallando tu teoría…
Esa sensibilidad que mostraba en el ruedo, apenas la alcancé a percibir en dos de nuestros encuentros: el primero y el último. En el primero, después de hablar por más de una hora, me despidió con un abrazo y me agradeció por la entrevista. Ante semejante sorpresa, sólo atiné a decirle que mi padre había sido un gran admirador suyo y que lamentaba mucho no poder salir de allí a contarle lo que acabábamos de hablar. Otra vez me abrazó y me dijo que con seguridad él estaba presente.
La última vez que hablamos fue en Manizales, el día de su despedida allí. Ese día habló del amor a su mamá y dijo que lo único que quería en la vida era poder entregarle a su hijo el mismo amor que recibió de su madre. Habló con nostalgia y se dejó ver como el ser humano que es.
Las otras veces conocí a una César amable pero para nada sensible, por el contrario, siempre sentí que sus respuestas eran muy pensadas, calculando la repercusión que podían tener.
En los toreros, casi siempre se descubre cierta actitud de artista. Generalmente son pausados y muy caballeros, mientras nuestro Rincón, fuera del ruedo, para mi nunca dejó de ser un boyaco simpaticón que me espantaba cada vez que se dirigía a mi con palabras como “amorcito” o “mamita”. Hay mi querido Belmonte, cuanto agradezco a Dios que mi padre nunca alcanzó a conocer a este César de la calle.
Temple. Tal vez es lo único que parece tener en su personalidad y que luego refleja. Yo no se lo conocí, pero dicen que le sobra. Yo creería que era Jeringa, su fiel subalterno, el encargado de meter el temple y las otras cositas supuestamente necesarias para apoyar a su torero fuera del ruedo.
Creo que nuestro César mandó a la porra la frase de Belmonte, con la misma facilidad con la que puso, impuso y quitó toros y toreros. Ahí si tuvo mucha fuerza, tanta que aún quedan los rezagos. Lo que él parece no saber es que ya sus corridas no están amarradas a los llenos y lo que asusta es que se meta a empresario para recuperar lo perdido.
Siempre miré mal a aquellos que hablaban de los “extraruedos” de Rincón porque supuse peores comportamientos de su parte estando en su lugar. Hoy, un año después de su retiro, sigo profesando una profunda admiración por su toreo pero lamentando que como ganadero quiera seguir presentando toros como los que vimos en la temporada pasada y que ya este año llevó a Manizales. Eso no es digno de una figura del toreo. Así que si nuestro César, el torero, al parecer no conjugaba su personalidad con su toreo, tal vez como ganadero si esté expresándose con verdad y ahora simplemente permita un giro a la frase de Belmonte: se cría como se es.
jueves, 15 de enero de 2009
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