domingo, 25 de mayo de 2008

Editorial 19 de mayo Juan Guillermo Palacio

Por un proyecto de acuerdo
Por Juan Guillermo Palacio, Periodista taurino Múnera Eastman Radio
Durante la pasada temporada hice pública una columna de opinión en defensa de mi fiesta, la cual viene siendo atacada con injurias, calumnias y artimañas políticas. Algunos de esos frágiles argumentos los volví a escuchar y a ver en una sesión del Concejo de Medellín, unas semanas después: Imágenes que trataban de conmover a los ediles y a los parcializados asistentes, representaban una mirada acomodada de la realidad. Algunas de ellas, por ejemplo, fueron extractadas de espectáculos populares españoles que no se realizan en Colombia, como el toro ensogado y el de fuego. Otras, reunidas premeditadamente y sin desfachatez, presentaban una visión parcializada de la fiesta, como si el fútbol, por ejemplo, fuese sólo patadas y actos de bandalismo en las tribunas. Siguen ignorando que mi fiesta es un hecho cultural, surgido en las costumbres de los campesinos de los pueblos íberos, quienes, en un acto lúdico, atraídos por la fuerza, la condición reproductiva y el peligro del toro, se interponían en su camino hacia el matadero para burlar sus embestidas. No niego que la fiesta brava tiene algo de cruel, pero ellos tampoco pueden ignorar que la belleza de un rito que se convierte en un lento y acompasado baile, es superior. Lo ignoran y lo quieren seguir haciendo.

La discusión a todas luces es estéril, toda una bofetada para una ciudad donde las altas tazas de mortalidad, inseguridad, desplazamiento, desnutrición infantil y pobreza asfixian la vida de la mayoría de sus habitantes. Es un acto irresponsable discutir estas banalidades con tantos asuntos que deberían tener prioridad en la agenda de nuestros representantes.

El citado concejal actúa con una absoluta miopía social. Su principal propuesta durante la campaña electoral planteaba recoger todos los perros callejeros de la ciudad y su sostenimiento con dineros públicos. ¿Qué diría un niño, de tantos que duermen en las aceras, si se entera que su ciudad prefirió mejorar la calidad de vida de unos perros? ¿O las madres de las víctimas del conflicto y los desplazados, al saber que sus problemas son desatendidos por discutir un asunto superficial como la prohibición o no de una fiesta? Pero, claro, en las tribunas permanecían decenas de jubilados, algunos jóvenes con pintas anarquistas y señoras para quienes sus mascotas son su razón de ser. Representarlos da votos, y mientras esta discusión se mantenga, el concejal tiene asegurada su curul. Como si una de sus causas, plausible por demás, no haya sido luchar contra la exclusión en la que la ciudad y la modernidad han sumido a los discapacitados. Querer incluir a unos y tratar de excluir a otros, en este caso a nosotros los taurinos, es toda una contradicción. Por fortuna, la Constitución Nacional reconoce la diversidad cultural, la libertad de expresión y a nuestra fiesta. Ella terminó por echar al traste los intereses del cabildante… Por ahora.

Aunque confieso que no sé qué es más desalentador, si la contradictoria posición del edil, quien está ejerciendo su derecho democrático a la expresión, la misma que nos quiere negar, o la ausencia en el debate de quienes dicen amar y defender nuestra fiesta. Sólo estábamos dos periodistas, un torero, un buen aficionado y el representante de la asociación conformada recientemente para defenderla. Nadie más. Y muchos menos.

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