El toro como enemigo de la Fiesta
Por Javier Restrepo Ramírez, Editor Taurino periódico El Mundo
No es ninguna novedad afirmar que la fiesta de los toros no existiría si no existiese el toro bravo. De hecho, uno de los principales argumentos de los defensores de la Fiesta Brava es, precisamente, que gracias a las corridas existe esta especie, considerada por muchos una variedad zoológica arcaica. El toro ha sido históricamente considerado como símbolo de fortaleza, fiereza y acometividad. No en vano, este animal fue por siglos utilizado en holocaustos religiosos.
Pero hay una gran diferencia entre ese toro fiero del que hablan las leyendas y el toro que sale en nuestros días a las plazas, por lo menos a este lado del océano Atlántico. De ninguno de los animales que se lidian en las plazas colombianas puede decirse que sean símbolo de fortaleza, fiereza y acometividad, ni por su aspecto, el trapío, ni por su comportamiento en los diferentes tercios. Creo que no es exagerado decir que el espectáculo de los toros está seriamente amenazado por sí mismo y no solo por las manifestaciones de los ecologistas, los defensores de los animales y los legisladores de turno.
El toro bravo, como elemento primordial de las corridas, está pasando a un segundo plano. La gente hoy día está más atenta a los toreros, a las figuras taquilleras que frecuentan con la misma constancia las plazas y los programas del corazón en España. Hoy la afición no busca el encaste ni la ganadería para seleccionar la corrida en la que va a invertir su dinero, sino que mira los nombres en el cartel, quizá sin darse cuenta que los honorarios que cobra el torero son inversamente proporcionales al peso y al trapío de los astados a lidiarse esa tarde en la plaza. Y que en la mayoría de las veces estos aspectos de forma están íntimamente ligados al comportamiento del ejemplar en la arena, que es el que finalmente condiciona el desarrollo de un festejo.
Es así como el toro, el fiero, el altivo, es cada vez más escaso por la sencilla razón de que las figuras les sacan el cuerpo. Entonces el espectáculo de los toros queda reducido a una deprimente demostración de valor y de poder por parte de las llamadas figuras, delante de novillos sin fuerzas, sin raza, sin casta, sin codicia. Ejemplares que no inspiran respeto alguno y que a punta de caerse por la falta de fuerzas, terminan siendo verdaderos inválidos indignos de ser llamados toros de casta.
La razón de que este fenómeno, al menos en nuestro país, haya hecho carrera, es la escasa formación de los públicos o la conformidad de los mismos. La falta de conocimiento, por un lado, de las condiciones que debe mostrar un toro de lidia, de su forma de salir al ruedo, de su fijeza, de su arrancada y su pelea en la suerte de varas, de su codicia en la capa o la muleta, hacen que el público no sea los suficientemente exigente con las empresas que organizan los festejos. Al grueso del público solo le interesa que la res vaya y venga, de modo que el torero de turno pueda o no lucirse con las telas.
Tampoco hay un público crítico que les exija de igual manera a los toreros. En nuestra feria de La Macarena hemos tenido la fortuna de ver ganaderías que son la excepción a lo que estamos comentando. Pero a quienes les ha correspondido lidiarlos, no han tenido ni el conocimiento, o quizá el oficio, para plantarles cara como debe ser. Para buscarles el sitio adecuado, para citarlos, templarlos y mandarlos como lo ordenan los cánones.
En mi caso personal, le tengo más temor a ese desconocimiento de la fiesta, a esa permisividad del público para con las figuras que vienen a cobrar mucho y a torear poco, que a los propios antitaurinos. La Plataforma Taurina de Colombia, que en buena hora promueve la Asociación Pro Defensa de la Fiesta Brava, tiene aquí una importante labor para realizar. De no hacer nada, el desconocimiento de la esencia de la fiesta terminará erradicando de manera definitiva los toros de verdad de los ruedos y reemplazándolos por dóciles becerros, lo cual sería insostenible para este espectáculo. Ojalá las corridas volvieran a ser de toros, como en el pasado, para que los aficionados recuperen el gusto de apreciar el enfrentamiento entre la fiera y el hombre y para que los toreros recuperen el honor de valientes que tenían en el pasado.
Pero hay una gran diferencia entre ese toro fiero del que hablan las leyendas y el toro que sale en nuestros días a las plazas, por lo menos a este lado del océano Atlántico. De ninguno de los animales que se lidian en las plazas colombianas puede decirse que sean símbolo de fortaleza, fiereza y acometividad, ni por su aspecto, el trapío, ni por su comportamiento en los diferentes tercios. Creo que no es exagerado decir que el espectáculo de los toros está seriamente amenazado por sí mismo y no solo por las manifestaciones de los ecologistas, los defensores de los animales y los legisladores de turno.
El toro bravo, como elemento primordial de las corridas, está pasando a un segundo plano. La gente hoy día está más atenta a los toreros, a las figuras taquilleras que frecuentan con la misma constancia las plazas y los programas del corazón en España. Hoy la afición no busca el encaste ni la ganadería para seleccionar la corrida en la que va a invertir su dinero, sino que mira los nombres en el cartel, quizá sin darse cuenta que los honorarios que cobra el torero son inversamente proporcionales al peso y al trapío de los astados a lidiarse esa tarde en la plaza. Y que en la mayoría de las veces estos aspectos de forma están íntimamente ligados al comportamiento del ejemplar en la arena, que es el que finalmente condiciona el desarrollo de un festejo.
Es así como el toro, el fiero, el altivo, es cada vez más escaso por la sencilla razón de que las figuras les sacan el cuerpo. Entonces el espectáculo de los toros queda reducido a una deprimente demostración de valor y de poder por parte de las llamadas figuras, delante de novillos sin fuerzas, sin raza, sin casta, sin codicia. Ejemplares que no inspiran respeto alguno y que a punta de caerse por la falta de fuerzas, terminan siendo verdaderos inválidos indignos de ser llamados toros de casta.
La razón de que este fenómeno, al menos en nuestro país, haya hecho carrera, es la escasa formación de los públicos o la conformidad de los mismos. La falta de conocimiento, por un lado, de las condiciones que debe mostrar un toro de lidia, de su forma de salir al ruedo, de su fijeza, de su arrancada y su pelea en la suerte de varas, de su codicia en la capa o la muleta, hacen que el público no sea los suficientemente exigente con las empresas que organizan los festejos. Al grueso del público solo le interesa que la res vaya y venga, de modo que el torero de turno pueda o no lucirse con las telas.
Tampoco hay un público crítico que les exija de igual manera a los toreros. En nuestra feria de La Macarena hemos tenido la fortuna de ver ganaderías que son la excepción a lo que estamos comentando. Pero a quienes les ha correspondido lidiarlos, no han tenido ni el conocimiento, o quizá el oficio, para plantarles cara como debe ser. Para buscarles el sitio adecuado, para citarlos, templarlos y mandarlos como lo ordenan los cánones.
En mi caso personal, le tengo más temor a ese desconocimiento de la fiesta, a esa permisividad del público para con las figuras que vienen a cobrar mucho y a torear poco, que a los propios antitaurinos. La Plataforma Taurina de Colombia, que en buena hora promueve la Asociación Pro Defensa de la Fiesta Brava, tiene aquí una importante labor para realizar. De no hacer nada, el desconocimiento de la esencia de la fiesta terminará erradicando de manera definitiva los toros de verdad de los ruedos y reemplazándolos por dóciles becerros, lo cual sería insostenible para este espectáculo. Ojalá las corridas volvieran a ser de toros, como en el pasado, para que los aficionados recuperen el gusto de apreciar el enfrentamiento entre la fiera y el hombre y para que los toreros recuperen el honor de valientes que tenían en el pasado.
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